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13 de desembre de 2003
Novetats  
   
Periodismo y magia
Gregorio Morán
  La Vanguardia, 13 de desembre de 2003
   
 

El periodismo es un gremio de gente simple que hace trabajos complejos. Lo podemos resumir en los dos tipos de periodistas; los que no leen periódicos, la mayoría, porque lo que les gusta es informarse de las cosas de boca a oído, vivir en la microsociedad de la gente avispada y diferenciarse del común que no se entera. Y luego los otros, los enfermos del papel impreso, los que no pueden pasar un día sir leerse concienzudamente tres o cuatro periódicos y que en esos dos días al año que no salen los diarios han de encontrar fórmulas para mirar algún periódico atrasado porque de no ser así no soportarían el mono de la abstinencia en una mañana sin prensa. Pertenezco a los segundos, los enfermos del papel periódico, los drogadictos de la información impresa, los colgados del titular a cinco columnas. No puedo vivir sin periódicos, lo he intentado pero no he podido, es más fuerte que yo y me consuela pensar que Kant era capaz de cambiar sus hábitos si no llegaba la "Gazeta", y que Trotsky se pasaba toda la mañana, después de dar de comer a los conejos en Coyoacán, sentado a una mesa leyendo periódicos hasta la hora de almorzar, bien entrada la tarde. Nunca seré un hombre de Internet porque pertenezco a esa generación que apenas resulta una excrecencia del siglo XIX. Por eso adoro los periódicos y siento cierto desdén hacia el gremio. ¿Acaso no ocurre lo mismo con el circo? Otro resto del siglo XIX. Nos reímos con los payasos, admiramos a los magos, pero sólo mientras están en la pista. En el momento que se visten de calle y hemos de convivir con ellos pierden todos los rasgos de su encanto. "Son como nosotros", que es una frase que solemos utilizar cuando queremos decir que son peores aún que nosotros.

Durante el ejercicio de nuestra profesión somos magos, geniales en la prestidigitación. Dos ejemplos, para los espectadores de la platea. Aparece el conocido estafador Bush, George W. Bush, que ejerce de presidente del Gobierno de Estados Unidos, y sale a la pista con una gran bandeja donde hay un pavo, un pavo enorme rodeado de cosas como para comer: patatas, relleno, ensalada. Evidentemente, al tratarse de un charlatán de feria, a nosotros nos llega solamente el efecto de la foto, y en una foto no se distingue lo que es real de lo que es falso si el fotógrafo y el escenógrafo son buenos. ¡Vaya pavo! Los diarios, con muy pocas excepciones, dieron la foto, y ahora resulta que el pavo era falso. Y este es el momento en el que el mago que todo periodista lleva dentro se adelanta y grita "¡La Casa Blanca ha engañado a la opinión!". No es verdad, la Casa Blanca no ha engañado a nadie, son los periodistas que estaban presentes, esa especie de doce apóstoles elegidos por el Departamento de manipulación del Gobierno Bush, quienes distinguieron con absoluta claridad que el pavo era más falso que el presidente, pero no sólo se lo callaron sino que aportaron los pies de foto para la memoria colectiva. Y yo pregunto: ¿alguno de esos reporteros estrella que vieron el pavo de plástico osó denunciar en su momento la estafa a la que colaboraba? No, padre. La vida es así y no es cuestión de pararse en menudencias. Yo cuento lo que mis jefes quieren que cuente, y si contara la verdad, que Bush y su Departamento de magos son unos golfos, lo más probable es que me pusieran de patitas en la calle.

Segundo ejemplo. La prensa española ha recogido con probidad la enérgica protesta de los diarios alemanes contra las entrevistas censuradas de los dirigentes políticos, sin excepción de partido, que se corrigen a sí mismos, con absoluto desprecio del gremio periodístico, de los lectores y de lo que realmente declararon. Y yo me he quedado literalmente sobrecogido, de un lado porque un gremio tan insolidario y competitivo, como es el periodismo alemán, se atreviera a ir tan lejos formando piña contra su clase política. Pero mi perplejidad era absoluta porque ninguno de los diarios españoles que recogían la noticia, en ocasiones con gran espacio, tenía la decencia de al menos una pequeña nota, a pie de página, editorial, del defensor de los lectores, de la jefatura de casos perdidos, en fin, de lo que sea..., en la que se señalara que eso del derecho a corregir, añadir y poner digo donde dije diego es una práctica absolutamente habitual en nuestra prensa y que aún no ha habido nadie que la haya denunciado. Sé de dirigentes políticos que consiguieron cotas cómicas de haberse enterado los lectores e incluso los redactores del mismo periódico, casos en los que el líder no sólo puso las respuestas que quiso y no las que dijo, sino que incluso se fue inventando las preguntas que le interesaban, e incluso se cabreó porque alguien le advirtió que se había excedido en el espacio.

Estamos en un momento de auténtica obsesión por saber, por conocer, por tener el máximo de datos imprescindible para ser responsables de lo que consumimos. Todo producto debe dar el máximo de información a los clientes. Todos, menos los medios de comunicación en general, y los periódicos en particular. Yo quiero saber, y lo he conseguido, dónde carajo se pescó el lenguado que me como. Pero estoy imposibilitado de saber a quién asesora tal o cual columnista de opinión, periodista de tropa o tertuliano de gallinero. Nada es más impenetrable para el consumidor de medios de comunicación que los medios de comunicación. Y así, paso a paso, nos adentramos en lo que yo denomino la teoría del carterista. En el mundo de los negocios, como en el mundo de la información, hay una expresión que consiente justificarlo todo "porque todo el mundo lo hace". Y esa es la teoría del carterista.

Los expertos señalan estos días que los peligros que se ciernen sobre los periódicos se concretan en tres puntos: la crisis de la publicidad, el desarrollo de los diarios gratuitos y la competencia de los medios audiovisuales. Cierto, pero limitado. El mayor peligro de los diarios, en mi opinión, es que no ofrecen credibilidad a la publicidad. No dan mejor información que los diarios gratuitos y en la carrera por competir con los audiovisuales no son ni carne ni pescado. En el informe que resume la situación de la prensa en el mundo, que refritado de "Le Monde", ha publicado el diario más leído de España, se señala la coincidencia de una crisis en las dos instituciones consagradas del periodismo mundial, "The New York Times" y la BBC. Hay que concebir grandes dosis de ignorancia o de mala baba para comparar dos conflictos que no tienen nada que ver. En una, un periodista golfo inventa reportajes millonarios, que son premiados incluso y felicitado por sus jefes. Y en el otro, la BBC, una institución que los dioses deberían conservar al menos para que sirva de referencia a los tiempos que se avecinan, donde el modelo se ha bautizado con el nombre de "Berlusconi". En el caso de la BBC se trata de un enfrentamiento con el Gobierno y al que ningún profesional responsable es ajeno, porque el Gobierno de Tony Blair mintió a la ciudadanía, en medida similar a lo que hizo el señor Aznar -"créanme, porque les digo la verdad, el Gobierno de Saddam disponía de armas de destrucción masiva"-, y dado que el éxito de Aznar está en su palabra y en su constancia, yo le repetiría en cada rueda de prensa su frase hasta que al fin él encajara o a mí me echaran.

Traigo a colación a la BBC y al Gobierno de Tony Blair por razón de fuerza mayor, y es porque al fin se conoce con algún pelo y muchas señales cuáles fueron los últimos momentos del honorable suicida David Kelly, y cómo se le fue tendiendo trampa a trampa hasta que enfrentado a una realidad que él no podía cambiar vivo, optó por lo único que la canalla de asesores del sensible Tony Blair no había calculado: "sólo suicidado mi actitud tiene sentido". Hoy sabemos cosas, hoy tenemos una experiencia que antaño era impensable. Hoy sabemos por ejemplo que no hay nadie que sea capaz de resistirse a una campaña mediática si no cuenta con otra campaña mediática que la neutralice. Entre las historias que siempre me han dejado un sabor a frustración está la de desvelar cómo se construyó, fermentó y triunfó una campaña contra Fernando Morán, ministro de Exteriores del gobierno socialista, un personaje que ni es familiar mío ni tengo nada que ver y que por cierto no me es especialmente simpático, pero al que convirtieron en un guiñapo, zafio e inculto, un grupo de gañanes que no tenían ni idea de nada que no fuera cobrar y reírse. La verdad es que se trataba de un personaje notable -y soberbio y falto de sentido del ridículo, todo hay que decirlo- en la política española, cuyas novelas aún se pueden leer con dignidad y cuyos ensayos sobre la novela o sobre África no son de amanuense. Y todo eso fue nada porque un gabinete de imagen, conocido por los del gremio y nunca mentado, contrató su liquidación política.

Ahora que Catalunya entra en uno de los períodos más divertidos y novedosos de su historia, les ruego que no pierdan de vista el centro del circo. Van a ver ustedes a los magos haciendo auténticas transformaciones en la pista y se oirán, estoy seguro, los ¡oh! de admiración ante el prodigio. No se lo pierdan. Por cierto, es pena que no hayamos seguido con mayor atención la sentencia del Tribunal Internacional de las Naciones Unidas sobre los crímenes en Ruanda. Han sido condenados tres líderes de opinión por las matanzas de miles de tutsis. Los tres ejercían de periodistas, aunque sus profesiones eran perfectas como dirigentes mediáticos. Uno, Ferdinand Nahimana, historiador; el otro, Hassan Nceze, un perillán de la calle, reportero radiofónico, y el tercero, Jean-Basco Barayagwiza, como no podía ser menos, jurista. Ellos no mataron a nadie, sólo incitaron a que los demás liquidaran a sus adversarios. Alegaron en su defensa que todos hacían lo mismo que hicieron ellos. La teoría mágica del carterista.